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El 2 de Mayo

Nadie puede negar que el pueblo de Madrid fue dueño de su destino en aquella sangrienta jornada del Dos de Mayo de 1808. Pero habría que calibrar si, lanzándose a la calle clamando más que por su independencia –un concepto que nació de la interpretación romántica de la guerra contra las tropas napoleónicas–, por el regreso de Fernando VII, tomó el camino adecuado. Porque mientras el pueblo madrileño se levantaba en armas, el monarca “Deseado”, tal como le reconoce la historia, se peleaba en Bayona con su padre, Carlos IV, a gritos, sin pudor ni compostura, por la corona de España. La misma que, tras recuperarla, Carlos IV cedió de buen grado y sin coacciones al propio Bonaparte, a cambio de una renta anual de 30 millones de reales y la propiedad del castillo de Compiègnes.
La Constitución de Bayona
Pero, entre tanta fanfarria y celebración, lo más grave es que se olvide que, pocos días después y en la misma ciudad francesa, una comisión de notables se reunía para redactar la que sería la primera carta magna de la historia de España: la llamada Constitución de Bayona. Solo se acogieron a ella unos pocos, es cierto, pero sin duda fue la llave que abrió la puerta de la gran reforma legislativa de las Cortes de Cádiz en 1812. En plena euforia patriotera más que patriótica, hoy se denosta al “rey usurpador”, José I, obviando que capitaneó a un puñado de hombres inquietos, defensores de la razón, cultos y bien intencionados, que como herederos directos de la Ilustración emprendieron la primera gran reforma política de la España moderna.
“Afrancesados” adelantados a su tiempo
A los “afrancesados”, como se les calificó, no les guiaba otra intención que la de dar al ciudadano aquellos derechos que, tradicionalmente, se les habían negado. A cambio, hubieron de sufrir la trágica suerte de aquellos que se adelantan a su tiempo. En su mayoría eran intelectuales lúcidos y cosmopolitas que preconizaban la necesidad de llevar a cabo determinadas reformas sociales y políticas y que intentaron evitar el enfrentamiento con Francia, conscientes de que iba a significar, además de una sangría en vidas, la ruina más absoluta para la nación y la pérdida de unas colonias que, como así sucedió, aprovecharon el vacío de poder de la metrópoli para tomar el camino legítimo de su independencia.
La huida del oscurantismo
En sus filas militaban personalidades tan sólidas como el obispo Félix Amat, los escritores Leandro Fernández de Moratín o Melendez Valdés e incluso el propio Goya. Fue Moratín quien escribió “espero de José I una extraordinaria revolución capaz de mejorar la existencia de la monarquía, estableciéndola sobre los sólidos cimientos de la razón, la justicia y el poder”. A este propósito supeditaron su destino buscando huir del oscurantismo y la superchería al reflejo de las Luces que habían inspirado las primeras Declaraciones de Derechos del Hombre y del Ciudadano.
La traición que no fue
El pueblo, azuzado por los estamentos más conservadores, nunca les comprendió y se lanzó a la calle, ignorante de la realidad y movido probablemente por sentimientos más nobles que los de sus dirigentes. Lo hizo en nombre del mismo rey que, cinco años después, en 1813, le negó la soberanía al derogar la Constitución de 1812. En nombre de Fernando VII, el monarca felón y populista, carente de firmeza y talento político, cuya cerrazón dio origen a una de las más sangrientas campañas de represión que contempla la historia. La decidida apuesta por el progreso de los afrancesados, se calificó entonces como traición. Dos siglos dan la suficiente perspectiva como para que hoy se les reivindique.

María Pilar Queralt del Hierro. historiadora y escritora.
(Enviado por mi amiga Maria Pilar Couzeiro)

2008·May·03 Publicado por pentanglemad | El 2 de Mayo | | Aún no hay comentarios