Eugenio Arias

Arias luchó contra el fascismo en España y en Europa durante nueve años, combatió y cortó el pelo a cientos de camaradas. En 1946 se instaló en Vallauris y puso una peluquería con su inseparable compañera Simona Francoual, combatiente de la Resistencia francesa: “Aquí vino un día a cortarse el pelo el mismísimo Pablo Picasso”, contaba el propio Eugenio sin parar de reír.
Arias hubiera sido un anónimo más de la Guerra Civil, otro republicano exiliado en el olvido, otro republicano olvidado en el exilio, pero fue el camarada de Picasso, su amigo durante 26 años. Desde entonces, Eugenio fue su peluquero, su confidente, su amigo, su compañero en tardes de toros y Picasso padrino de su boda cuando contrajo matrimonio con Simona en 1950. “Picasso fue mi segundo padre”, decía orgulloso.
Arias donó generosamente a su pueblo la colección de dibujos, cerámicas y pirograbados que Picasso le regaló: “Me lo querían comprar todo los japoneses y los alemanes, pero a mí no me mueve el interés, se lo he dado a mi pueblo con el corazón”. Su regalo llegó a España como la libertad, con la democracia, y ahí queda el presente de un modesto peluquero comunista en el Museo de Buitrago, un museo a la amistad que reúne las obras que dan fe del afecto que el pintor malagueño y el peluquero se profesaron. “Enterré a Picasso con una capa española que me mandó mi madre, le velé yo solo y le llevé a Vauvenargues, donde le sepultamos”.
En Eugenio, tuve la suerte de conocer a un hombre sencillo, cabal e intenso como su vida, llena de generosidad y haciendo gala de que el rencor no conduce a nada y que la igualdad entre los seres humanos es una de las más bellas metas por las que combatir. Su hijo Pierre me pidió hace días dos banderas republicanas para cubrir su cuerpo y su féretro. Ya están en Vallauris.
José María Fraguas es autor del documental -Picasso: mi amigo en el exilio-.
Man: el loco de Camelle
Camelle, casi en Fisterra, en plena Costa da Morte.
Se llega por una carretera estrecha y retorcida alrededor de los montes bajos que encajonan Camelle contra el mar.
En el puerto vivia un hombre horrible: Man le llamaban en el pueblo. Se estableció allí hace muchos años y viviendo semidesnudo.
Fué agrupando piedras redondeadas para fijarlas con cemento y construir este horror antinatural. Si, le odiaba. Se adueñaba del paso al rompeolas y pretendia cobrar peaje, llegando incluso al enfrentamiento físico. Le deseé la muerte a gritos. Se murió muy poco tiempo después.
Cuando volví a Camelle, tras el ‘luctuoso’ hecho, fuimos corriendo a visitar el muelle, al llegar al final del rompeolas comenzó a llover a cántaros, nos empapamos para volver al coche. Entretanto una amiga que venía con nosotros y no quiso venir al faro, recibió la noticia de que su hija le habia clavado un cuchillo en una pierna a su compañero. Se vengó Man?.
Kuki Viola

Alguna vez,
hace evos,
fuimos amigos.
Fuiste parte
de una etapa de mi vida.
Cuando eramos locos
y nada importaba.
Luego crecimos
y todo fué distinto.
Aquel grupo
se ha dispersado…
Como las flores,
si no las cuidamos,
murió nuestra amistad
Te recuerdo.
No te añoro.
Eso me entristece.
















